12 sept 2013

CATULO

LXX
 
Dice mi amada que con nadie quisiera unirse más que conmigo,
ni aun si el mismo Júpiter se lo pidiera.
Lo dice, pero lo que una mujer dice a su ardoroso amante
 hay que escribirlo en el viento y el agua rápida.
 
XXXII
 
Mi dulce Ipsitila, mis delicias, mis encantos.
¿Por qué no me invitas a comer contigo este mediodía?
 Si quieres, pon interés en que nadie cierre la puerta de tu casa,
y a ti que no se te antoje salir.
Quédate y apréstate a gozar conmigo nueve veces seguidas.
Pero si te determinas, llámame enseguida.
Pues bien comido y harto y tumbado boca arriba,
 soy capaz de perforar la túnica y el manto.
 
 


XIII
 
 
Cenarás bien, mi querido Fabulo,
en mi casa dentro de pocos días,
si los dioses te fueren propicos
y si te traes una grande y copiosa cena,
sin olvidar una blanca muchacha,
 vino, sal y toda clase de chistes.
Digo, pues, que si te traes todo eso,
simpático amigo mío, cenarás bien,
porque la bolsa de tu amigo Catulo está llena de telarañas.
 Pero en cambio recibirás sinceras muestras de afecto,
es decir, todo cuanto puede haber de más delicado y distinguido;
pues te regalaré un ungüento que regalaron las Gracias y los Amores de mi amiga,
 y en cuanto lo huelas, suplicarás, Fabulo, a los dioses, que te conviertan todo tú en nariz.

XVI
 
Os sodomizaré y os daré a paladear mi virilidad,
lascivo Aurelio y tú, marica Furio, que me consideráis descocado porque mis poemitas son licenciosos.
A un poeta piadoso con las Musas conviene la castidad en su persona;
 en cuanto a sus versos, esto no es preciso pues, al fin y al cabo, tienen sal y gracia
aunque sean impúdicos y licenciosos, y tienen la habilidad de excitar el prurito,
no digo en los muchachos
 sino en los afeminados melenudos que no pueden agitar sus hijares endurecidos.
Y vosotros que habéis leído en mis libros millares de besos,
¿por eso me acusáis de no ser un completo macho?
 Os sodomizaré y daré a paladear mi virilidad.





 


 

10 sept 2013

ANACREONTE


Echándome de nuevo su pelota de púrpura
Eros de cabellera dorada
me invita a compartir el juego
con una muchacha de sandalias de colores.
Pero ella, que es de la bien trazada Lesbos,
mi cabellera, por ser blanca, desprecia, 
y mira, embobada, hacia alguna otra.