Las novelas ahora mismo no me interesan demasiado, pero no me costó demasiado leer esta, porque sabía que en cada capítulo iba a encontrarme al menos con un párrafo que, inmediatamente después de leerlo, querría leerlo de nuevo, en algún caso incluso tras hacerme exclamar.
Munro tiene una habilidad exquisita para describir minuciosamente sentimientos con una precisión capaz de hacerte revivir como propias las experiencias de sus personajes:
Ser perdonado suscita una vergüenza particular. Tenía calor, no solo por la manta. Me sentía presa, asfixiada, como si no fuera a través del aire que yo tenía que moverme y hablar en este mundo, sino de algo espeso como el algodón. Era una vergüenza física, pero iba más allá de la vergüenza sexual, mi primera vergüenza de la desnudez; de pronto era como si no fuera solo el cuerpo desnudo, sino todos los órganos internos --el estómago, el corazón, los pulmones, el hígado-- los que estaban expuestos e indefensos. Lo más parecido que había experimentado antes era la sensación que tenía cuando me hacían cosquillas hasta que no podía más-- una sensación horrible y voluptuosa de estar expuesta e indefensa, de traicionarme a mí misma--. Y esa vergüenza brotaba de mí, y se extendía por toda la casa y cubría a todos los presentes, incluidos Mary Agnes y tío Craig en su actual estado ausente y desechable. Estar hecho de carne era la humillación. Me veía atrapada en una visión que, en cierto modo, era todo lo contrario de la visión incomunicable, de confusión y obscenidad, de impotencia, que se revelaba como lo más obsceno que podía existir. Pero como la otra clase de visión, esta no podía mantenerse más de un par de segundos, pues se derrumbaba por su propia intensidad, y, una vez extinguida, no era posible reconstruirla ni creer realmente en ella. Cuando empezaron a cantar el último himno del funeral volvía a sentirme normal, solo con la debilidad que cabe esperar de quien ha mordido un brazo humano; los Padres de la Confederación que tenía frente a mí habían retomado sus ropajes y su dignidad verosímil, y me había bebido toda la taza de té, explorando su desconocido sabor a adulto, a importante.
Pero no desprecia la descripción de sentimientos próximos a la perversión, un tipo de perversión familiar y probablemente inofensiva :
¡Muerta, la vaca invitaba a la profanación. Quería
clavarle el palo, pisotearla, mear sobre ella, cualquier cosa para castigarla,
para demostrar que la despreciaba por estar muerta. ¡Apalearla, hacerla
pedazos, escupir en ella, rajarla, tirarla! Pero ella todavía emanaba poder,
tumbada con su brillante y extraño mapa en el lomo, el cuello estirado y el ojo
terso. Nunca había mirado a una vaca viva y pensado lo que estaba pensando en
ese momento: ¿por qué debía existir una vaca? ¿Por qué las manchas blancas tenían
la forma que tenían, y nunca iban a ser exactamente iguales en ninguna otra
vaca o criatura? Mientras recorría el nuevo contorno de un continente, hundí el
palo intentando trazar una línea definitiva y me fijé en su forma, como a veces
me fijaba en la forma de los continentes o las islas de los mapas de verdad,
como si la forma en sí fuera una revelación que estaba más allá de las
palabras, y yo pudiera darle sentido, si me esforzaba y disponía de tiempo.
Por supuesto, algunos de esos sentimientos son poderosamente femeninos y es fácil reconocerlos por complejos que sean:
Creía que era idiota y sin embargo la admiraba
frenéticamente y le agradecía cada pequeña palabra incolora que me arrojaba.
Ella alcanzaba una cota de ornamentalidad femenina, de artificialidad perfecta,
que yo ni siquiera había sabido que existía; al verla comprendí que yo nunca
sería guapa.
Sus reflexiones sobre lo que, como se indica en el título, es caractarístico de la vida de las mujeres son igualmente memorables:
¿Qué era una vida normal? Era la vida de las chicas que trabajaban con ella, las fiestas de homenaje, las sábanas de hilo, las baterías de cocina y la cubertería de plata, ese complicado orden femenino; y, por otro lado, era la vida del salón del baile Gay-la, ir borracha en coche por carreteras negras, escuchar chistes de hombres, soportar y pelearte con hombres y conseguirlos: un lado no podía existir sin el otro, y al asumir y acostumbrarse a ambos, una chica se ponía en camino del matrimonio. No había otra manera. Y yo no iba a ser capaz de hacerlo. No. Me quedaba con Charlotte Brontë.
...
No entendí del todo lo que quería decir, o si lo hice estaba resuelta a oponerme a ello. Mi empeño era oponerme a todo lo que ella decía con seriedad y obstinación. Necesitaba, y daba por hecho, que se preocupara por mi vida, pero no podía soportar que lo expresara en palabras. Además, tenía la sensación de que estas palabras no eran tan diferentes de todos los demás consejos que se daban a las mujeres, a las niñas, consejos que partían de la base de que ser mujer te hacía vulnerabale, que era necesario cierto grado de cautela, seria inquietud y autoprotección, mientras que se suponía que los hombres podían salir y vivir toda clase de experiencias, desechar lo que no querían y volver orgullosos. Sin pensarlo siquiera, yo había decidido hacer lo mismo.
Algo con lo que también he disfrutado de esta novela es el análisis de las relaciones personales, tal vez las más analizadas sean las de madre e hija y las de las amigas:
Naomi vivía en Mason Street, yo en River Street; en eso se fundaba nuestra amistad. Cuando me mudé a la ciudada, Naomi me esperaba por las mañanas frente a su casa, que me quedaba de camino. "¿Por qué andas así?", me preguntaba, y yo respondía: "¿Cómo?". Ella se acercaba haciendo extrañas eses, con aire distraído, pegando la barbilla al cuello. Ofendida, me reía. Pero sus críticas reflejaban una actitud posesiva; me sentía asustada y eufórica al descubrir que me consideraba su amiga. Yo nunca había tenido una amiga. Interfería en mi libertada y hacía que me sintiera en cierto modo falsa, pero al mismo tiempo ampliaba y daba resonancia a la vida. Gritar, soltar palabrotas y arrojarse sobre la nieve no era algo que pudieras hacer sola.
Y a esas alturas sabíamos demasiado la una de la otra para dejar de ser amigas.
Aunque también se descubren observaciones acertadísimas sobre las relaciones de pareja, me quedo con esta:
No respondí. Supuse que lo decía por amabilidad. No lo
haría. Si hubiéramos sido mayores seguramente habríamos aguantado, habríamos
regateado el precio de la reconciliación, habríamos explicado, justificado y
tal vez perdonado lo ocurrido, y habríamos afrontado el futuro con ello a
cuestas, pero la niñez nos quedaba lo bastante cerca para creer en la absoluta
seriedad y carácter definitivo de una
pelea, en lo imperdonables que eran unos
golpes. Habíamos visto el uno en el otro lo que no podíamos soportar, y
no teníamos ni idea de que la gente lo ve y continúa, y odia, pelea y trata de
matarse de varias maneras, y luego se quiere un poco más.
