LXX
Dice mi amada que con nadie quisiera unirse más que
conmigo,
ni aun si el mismo Júpiter se lo pidiera.
Lo dice,
pero lo que una mujer dice a su ardoroso amante
hay que escribirlo en el viento
y el agua rápida.
XXXII
Mi dulce
Ipsitila, mis delicias, mis encantos.
¿Por qué no me invitas a comer contigo
este mediodía?
Si quieres, pon interés en que nadie cierre la puerta de tu casa,
y a ti que no se te antoje salir.
Quédate y apréstate a gozar conmigo nueve
veces seguidas.
Pero si te determinas, llámame enseguida.
Pues bien comido y
harto y tumbado boca arriba,
soy capaz de perforar la túnica y el manto.
XIII
Cenarás
bien, mi querido Fabulo,
en mi casa dentro de pocos días,
si los dioses te fueren propicos
y si te traes
una grande y copiosa cena,
sin olvidar una blanca muchacha,
vino, sal y toda
clase de chistes.
Digo, pues, que si te traes todo eso,
simpático amigo mío,
cenarás bien,
porque la bolsa de tu amigo Catulo está llena de telarañas.
Pero
en cambio recibirás sinceras muestras de afecto,
es decir, todo cuanto puede
haber de más delicado y distinguido;
pues te regalaré un ungüento que regalaron
las Gracias y los Amores de mi amiga,
y en cuanto lo huelas, suplicarás, Fabulo,
a los dioses, que te conviertan todo tú en nariz.
XVI
Os
sodomizaré y os daré a paladear mi virilidad,
lascivo Aurelio y tú, marica
Furio, que me consideráis descocado porque mis poemitas son licenciosos.
A un poeta piadoso con las Musas conviene la castidad en su persona;
en cuanto
a sus versos, esto no es preciso pues, al fin y al cabo, tienen sal y gracia
aunque sean impúdicos y licenciosos, y tienen la habilidad de excitar el
prurito,
no digo en los muchachos
sino en los afeminados melenudos que no
pueden agitar sus hijares endurecidos.
Y
vosotros que habéis leído en mis libros millares de besos,
¿por eso me acusáis
de no ser un completo macho?
Os sodomizaré y daré a paladear mi virilidad.




