23 abr 2014

VIRGINIA WOOLF: ORLANDO



Para mí es inevitable pensar que me hubiese encantado conocer a Virginia Woolf, aunque siendo realista, lo más probable es que de haberla tratado no hubiese llegado a sacar de ella lo que se saca de sus libros. Esto pasa probablemente con toda la humanidad y es una cosa en la que pienso a menudo, pero no es para tratarla aquí y ahora. Digamos que la "magia" (esta mujer siempre me hace decir palabras vergonzantes) es poder acceder a la mente de personas que de otra manera no podrías llegar a conocer nunca. El caso es que Virginia Woolf me da esa sensación de ser alguien de aquí y ahora, alguien mucho más cercano que muchos otros escritores y personas que tengo a mi alrededor en general, por cierto.
 
Y es que Orlando no es una novela, es una broma que te cuenta una amiga muy cercana, un cuento que no pretende que te creas porque es sólo una excusa para hablar de lo que ella quiere: política,  amor, historia y sobre todo literatura. Además no quiere que te la creas porque está haciendo la literatura que le gusta, la de jugar, la que hacía su querido Sterne, por ejemplo.

Poco a poco, Orlando se dio cuenta de que no era idéntica a los gitanos y llegó a vacilar en su decisión de casarse con uno de ellos y establacerse ahí para siempre. Al principio quiso explicárselo, razonando que ella era hija de una raza antigua y civilizada, y que los gitanos eran un pueblo ignorante, apenas superior a los salvajes. Una noche que la interrogaban sobre Inglaterra, no pudo menos que describir con orgullo su casa natal, sus trescientos sesenta y cinco dormitorios y el hecho de que hacía cuatrocientos o quinientos años que estaba en posesión de su familia. Sus antepasados eran condes, y hasta duques, agregó. Al decir esto, notó que los gitanos estaban incómodos; pero no irritados como ante sus elogios anteriores de la naturaleza. Ahora estaban corteses, pero molestos como se ponen las personas bien educadas cuando un forastero declara su pobreza o su origen humilde. Rustum la siguió al salir de la carpa y le dijo que no se preocupara de que su padre fuera un duque y poseyera todos esos dormitorios y muebles. Nadie, por eso, pensaría mal de ella. Orlando nunca había sentido tanta vergüenza. Entendió que Rustum y los otros gitanos consideraban que una ascendencia de cuatrocientos o quinientos años era menos que modesta. Para el gitano, cuyos antepasados habían levantado las pirámides siglos antes del nacimiento de Cristo, la genealogía de los Howard y los Plantagenet no era ni mejor ni peor que la de los Smith y los Jones: ambas eran insignificantes. Además, en un medio en que el último pastorcito es de tan antigua estirpe, nada hay especialmente memorable o deseable en un viejo linaje: los vagabundos y los pordioseros lo tienen. Y, aunque era demasiado cortés para decirlo abiertamente, era evidente que el gitano pensaba que ninguna ambición es más vulgar que poseer cientos de dormitorios (estaban en la cumbre de una colina, era de noche; las montañas crecían alrededor) cuando la tierra entera es nuestra. Desde el punto de vista gitano, un duque, entendió Orlando, era una especie de logrero o ladrón que había arrebatado tierra y dinero a quienes la desdeñan, y que no había pensado en nada más ingenioso que en edificar trescientos sesenta y cinco dormitorios cuando basta con uno, y ese uno está de más. No podía negar que sus mayores habían acumulado campo sobre campo, casa sobre casa, dignidad sobre dignidad; pero que ninguno había sido un héroe o un santo o un bienhechor del género humano. Tampoco podía dejar de reconocer (Rustum era demasiado caballero para insistir, pero ella comprendió) que cualquier hombre que hiciera ahora lo que sus antepasados habían hecho trescientos o cuatrocientos años antes, sería considerado —sobre todo por su propia familia— un arribista, un intruso, un aventurero, un nouveau riche.

Trató de contrarrestar esos argumentos con el método habitual aunque oblicuo de imputar a la vida de los gitanos rudeza y barbarie; y así, en muy poco tiempo, hubo mala sangre y hostilidad. Lo cierto es que esas diferencias de opinión suelen engendrar sangrientas revoluciones. Por menos han entrado a saco en ciudades, y un millón de mártires ha preferido morir en el tormento a ceder una pulgada de su parecer. No hay, en el tumultuoso pecho del hombre, una pasión más fuerte que la de imponer su creencia a los otros. Nada puede secar la raíz de su dicha y llenarla de ira como saber que otro desprecia lo que él venera. Whigs y tories, liberales y laboristas, ¿qué razón les mueve a guerrear sino su prestigio? No es el amor de la verdad sino el deseo de prevalecer el que opone un barrio a otro barrio y hace que una parroquia premedite la ruina de otra parroquia. Todos prefieren la paz de espíritu y la sujeción de los otros al triunfo de la verdad y a la apoteosis de la virtud —pero esas moralidades pertenecen al historiador, y debemos dejárselas, porque son más aburridas que un día de lluvia.

 


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